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sábado, 7 de marzo de 2009

Revoluciones Obreras durante el Siglo XIX

1848. Los antecedentes de la revolución proletaria

En el terreno de la revolución, Francia fue una nación adelantada. En 1848, excepto en Inglaterra y Francia donde dominaba la burguesía, la nobleza y la aristocracia gobernaban toda Europa. El pueblo francés nuevamente toma la delantera y en febrero de 1848 derriba la monarquía constitucional de Luis Felipe de Orleáns. La noticia se extiende rápidamente y en marzo una serie de levantamientos, guerras civiles e insurrecciones son protagonizadas por los pueblos de Austria, Alemania, Hungría e Italia contra la dominación aristocrática.
En ese mismo mes, Marx y Engels publican el Manifiesto Comunista, que no podrá ser leído por los insurrectos pero que anticipó los obstáculos y dilemas ante los cuales se encontró el proletariado europeo. En el Manifiesto plantean que la revolución que se avecina en Europa se desarrollará en dos tiempos. En aquellos países, como Inglaterra y Francia, donde ya dominaba la burguesía, el proletariado debía luchar por imponer su propia dominación de clase. Mientras que en los países donde aún gobernaba la reacción feudal, como en Alemania, el proletariado comunista lucharía “al lado de la burguesía, en tanto que ésta actúe revolucionariamente contra la monarquía absoluta, la propiedad territorial feudal y la pequeño burguesía reaccionaria”.

Las barricadas de París

Desde este punto de vista, en Francia, la situación se presentaba distinta que en Alemania. Bajo el ropaje monárquico constitucional de Luis Felipe gobernaba en realidad un ala de la burguesía, la aristocracia financiera –en alianza con los terratenientes-. La burguesía industrial se ubicaba en la oposición, representada por la fracción republicana moderada. Esta disputa entre estas alas de la burguesía permitió la irrupción del proletariado socialista de Paris. Febrero de 1848 fue el inicio del combate. El conjunto de las clases se levantaron contra el gobierno de Luis Felipe que había esquilmado al pueblo francés en provecho del capital financiero y la banca. En las manifestaciones y barricadas callejeras confluían el proletariado y una fracción de la pequeño burguesía. El Rey huye y el Gobierno Provisional, conformado por la burguesía, en su primer acto, muestra moderación y se niega a proclamar la República. El representante del proletariado socialista de París, Raspail (científico socialista unido al proletariado), se presenta ante el nuevo gobierno y exclama ¡si dentro de dos horas no se declara la República, volveré a la cabeza de 200.000 hombres! La república tuvo que ser proclamada.

República social y la republica burguesa

Febrero alumbró una situación de doble poder entre el gobierno provisional y el proletariado en armas; ambos luchaban por la república, pero le daban un contenido distinto. El proletariado entró a la revolución al grito de ¡República social!, intentando llevar adelante su propio programa. Por su presión, la república burguesa había sido rodeada de una serie de instituciones sociales. El proletariado no logra imponer un Ministerio del Trabajo, pero la burguesía le concede crear una Secretaría del Trabajo, que funcionaba en el palacio Luxemburg. El sector reformista del proletariado, encabezado por Luis Blanc, ingresa al gobierno provisional. Desde esta Comisión se legisla la jornada de trabajo de 10 horas, la eliminación del trabajo a destajo y del trabajo infantil. El proletariado intenta conquistar el derecho al trabajo dentro de la sociedad capitalista. Dictan los Talleres Nacionales que agrupan y emplean a los obreros desocupados. Los obreros proponen la bandera roja en sustituto de la bandera tricolor, son rechazados. La burguesía mira temerosa.
El proletariado de París pensaba la revolución en los términos de la experiencia plebeya de 1789. Marx llamó a febrero “la hermosa revolución, la revolución de las simpatías generales”, de “la fraternidad”. El proletariado con la República Social creyó que a través de las instituciones del estado burgués podía superar el antagonismo entre las clases. Tras sus reivindicaciones ingenuas se desarrollaba el interés irreconciliable entre el trabajo y el capital. Para la burguesía, la república era la forma impersonal tras el cual ocultar su dominación de clase, por lo que debía imponer el orden contra el proletariado. El gobierno provisional actúa: encarcela -entre varios- al jefe del proletariado revolucionario, August Blanqui –cuya prédica era “una Francia henchida de obreros armados será la garantía del socialismo”-, y se prepara para derrotar a los obreros parisinos en las calles.

El partido de la subversión

En junio los republicanos montan una provocación, eliminando los Talleres Nacionales y forzando a los trabajadores a salir a la batalla. Durante 5 días los obreros combatieron en las barricadas de los barrios plebeyos de París. La insurrección deja 3.000 obreros fusilados, 15 mil encarcelados en las colonias de Sudamérica y otros tantos emprendiendo el exilio. El proletariado había sido derrotado pero su antiguo programa de la República Social dio paso al grito de: ¡Derrocamiento de la burguesía! ¡Dictadura de la clase obrera!.
El terror burgués en París selló la primer gran división entre los republicanos burgueses y los obreros socialistas. Las revoluciones alemana y austríaca siguieron el mismo curso. En febrero y marzo del ‘48 el proletariado y los estudiantes protagonizan una serie de mítines, combates callejeros e insurrecciones por las libertades civiles. La burguesía liberal alemana, que tenia delante de sí a la reacción feudal pero tras de sí al proletariado, opta. Se hace del poder y presurosa pacta con la aristocracia el reestablecimiento del orden, la supresión de la libertad de prensa, de las manifestaciones y la organización de los obreros.
1848 mostró que el proletariado en la revolución no podía marchar al lado de la burguesía sino que debía hacerlo contra ella. La proclamada fraternidad entre las clases era una utopía: no es posible la conciliación entre los explotadores y la clases que explota. La derrota de los insurrectos de junio dejó de manifiesto que “el progreso revolucionario se hizo engendrando un adversario, en la lucha contra el cual el partido de la subversión maduró convirtiéndose en un partido verdaderamente revolucionario” ( K. Marx, Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850).

Marx y la Revolución Permanente

La revolución proletaria surgía de la derrota de las revoluciones burguesas de 1848. En su Mensaje a la Liga de los Comunistas, Marx reafirma estas enseñanzas y plantea el nuevo programa con el cual el proletariado debía entrar en la futura revolución. El proletariado debía organizarse como partido independiente de la burguesía liberal y de la pequeño burguesía republicana. Para ello debía tener sus propios representantes políticos, organizar su propia milicia y -allí donde esté planteado- organizar su propio gobierno revolucionario. Nunca confiar más que en las propias fuerzas y en el proceso de la revolución burguesa crear las condiciones de su futura emancipación social. De esta manera, decía Marx: “nuestra tarea consiste en hacer permanente la revolución”. Para el proletariado “no se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clases sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva”.
A inicios del siglo XX, Trotsky en Resultados y Perspectivas planteaba la idea de que en su dinámica, las revoluciones modernas alcanzaron sus objetivos “mediante la unidad de la nación entera” contra el antiguo régimen feudal o bien mediante la “evolución acelerada de la lucha de clases dentro de esta nación en vías de emancipación”. Por las propias condiciones en las que le tocó intervenir al proletariado, 1848 no podía ser más que una revolución intermedia. Fue el momento en el desarrollo capitalista en el que ya no era posible para la burguesía acaudillar al conjunto de la nación porque ésta estaba desgarrada por su antagonismo de clase con el proletariado. Pero tampoco podía el proletariado imponer su propia dominación, pues aún no era la burguesía industrial, es decir el proletariado industrial, una clase totalmente desarrollada. En estos combates avanzados, la clase obrera forjó las ideas y los fines con los cuales se planteó asaltar los cielos -en forma esporádica- imponiendo su propio gobierno revolucionario en la Comuna de París en 1971.

Revoluciones Obreras durante el Siglo XIX

1848. Los antecedentes de la revolución proletaria

En el terreno de la revolución, Francia fue una nación adelantada. En 1848, excepto en Inglaterra y Francia donde dominaba la burguesía, la nobleza y la aristocracia gobernaban toda Europa. El pueblo francés nuevamente toma la delantera y en febrero de 1848 derriba la monarquía constitucional de Luis Felipe de Orleáns. La noticia se extiende rápidamente y en marzo una serie de levantamientos, guerras civiles e insurrecciones son protagonizadas por los pueblos de Austria, Alemania, Hungría e Italia contra la dominación aristocrática.
En ese mismo mes, Marx y Engels publican el Manifiesto Comunista, que no podrá ser leído por los insurrectos pero que anticipó los obstáculos y dilemas ante los cuales se encontró el proletariado europeo. En el Manifiesto plantean que la revolución que se avecina en Europa se desarrollará en dos tiempos. En aquellos países, como Inglaterra y Francia, donde ya dominaba la burguesía, el proletariado debía luchar por imponer su propia dominación de clase. Mientras que en los países donde aún gobernaba la reacción feudal, como en Alemania, el proletariado comunista lucharía “al lado de la burguesía, en tanto que ésta actúe revolucionariamente contra la monarquía absoluta, la propiedad territorial feudal y la pequeño burguesía reaccionaria”.

Las barricadas de París

Desde este punto de vista, en Francia, la situación se presentaba distinta que en Alemania. Bajo el ropaje monárquico constitucional de Luis Felipe gobernaba en realidad un ala de la burguesía, la aristocracia financiera –en alianza con los terratenientes-. La burguesía industrial se ubicaba en la oposición, representada por la fracción republicana moderada. Esta disputa entre estas alas de la burguesía permitió la irrupción del proletariado socialista de Paris. Febrero de 1848 fue el inicio del combate. El conjunto de las clases se levantaron contra el gobierno de Luis Felipe que había esquilmado al pueblo francés en provecho del capital financiero y la banca. En las manifestaciones y barricadas callejeras confluían el proletariado y una fracción de la pequeño burguesía. El Rey huye y el Gobierno Provisional, conformado por la burguesía, en su primer acto, muestra moderación y se niega a proclamar la República. El representante del proletariado socialista de París, Raspail (científico socialista unido al proletariado), se presenta ante el nuevo gobierno y exclama ¡si dentro de dos horas no se declara la República, volveré a la cabeza de 200.000 hombres! La república tuvo que ser proclamada.

República social y la republica burguesa

Febrero alumbró una situación de doble poder entre el gobierno provisional y el proletariado en armas; ambos luchaban por la república, pero le daban un contenido distinto. El proletariado entró a la revolución al grito de ¡República social!, intentando llevar adelante su propio programa. Por su presión, la república burguesa había sido rodeada de una serie de instituciones sociales. El proletariado no logra imponer un Ministerio del Trabajo, pero la burguesía le concede crear una Secretaría del Trabajo, que funcionaba en el palacio Luxemburg. El sector reformista del proletariado, encabezado por Luis Blanc, ingresa al gobierno provisional. Desde esta Comisión se legisla la jornada de trabajo de 10 horas, la eliminación del trabajo a destajo y del trabajo infantil. El proletariado intenta conquistar el derecho al trabajo dentro de la sociedad capitalista. Dictan los Talleres Nacionales que agrupan y emplean a los obreros desocupados. Los obreros proponen la bandera roja en sustituto de la bandera tricolor, son rechazados. La burguesía mira temerosa.
El proletariado de París pensaba la revolución en los términos de la experiencia plebeya de 1789. Marx llamó a febrero “la hermosa revolución, la revolución de las simpatías generales”, de “la fraternidad”. El proletariado con la República Social creyó que a través de las instituciones del estado burgués podía superar el antagonismo entre las clases. Tras sus reivindicaciones ingenuas se desarrollaba el interés irreconciliable entre el trabajo y el capital. Para la burguesía, la república era la forma impersonal tras el cual ocultar su dominación de clase, por lo que debía imponer el orden contra el proletariado. El gobierno provisional actúa: encarcela -entre varios- al jefe del proletariado revolucionario, August Blanqui –cuya prédica era “una Francia henchida de obreros armados será la garantía del socialismo”-, y se prepara para derrotar a los obreros parisinos en las calles.

El partido de la subversión

En junio los republicanos montan una provocación, eliminando los Talleres Nacionales y forzando a los trabajadores a salir a la batalla. Durante 5 días los obreros combatieron en las barricadas de los barrios plebeyos de París. La insurrección deja 3.000 obreros fusilados, 15 mil encarcelados en las colonias de Sudamérica y otros tantos emprendiendo el exilio. El proletariado había sido derrotado pero su antiguo programa de la República Social dio paso al grito de: ¡Derrocamiento de la burguesía! ¡Dictadura de la clase obrera!.
El terror burgués en París selló la primer gran división entre los republicanos burgueses y los obreros socialistas. Las revoluciones alemana y austríaca siguieron el mismo curso. En febrero y marzo del ‘48 el proletariado y los estudiantes protagonizan una serie de mítines, combates callejeros e insurrecciones por las libertades civiles. La burguesía liberal alemana, que tenia delante de sí a la reacción feudal pero tras de sí al proletariado, opta. Se hace del poder y presurosa pacta con la aristocracia el reestablecimiento del orden, la supresión de la libertad de prensa, de las manifestaciones y la organización de los obreros.
1848 mostró que el proletariado en la revolución no podía marchar al lado de la burguesía sino que debía hacerlo contra ella. La proclamada fraternidad entre las clases era una utopía: no es posible la conciliación entre los explotadores y la clases que explota. La derrota de los insurrectos de junio dejó de manifiesto que “el progreso revolucionario se hizo engendrando un adversario, en la lucha contra el cual el partido de la subversión maduró convirtiéndose en un partido verdaderamente revolucionario” ( K. Marx, Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850).

Marx y la Revolución Permanente

La revolución proletaria surgía de la derrota de las revoluciones burguesas de 1848. En su Mensaje a la Liga de los Comunistas, Marx reafirma estas enseñanzas y plantea el nuevo programa con el cual el proletariado debía entrar en la futura revolución. El proletariado debía organizarse como partido independiente de la burguesía liberal y de la pequeño burguesía republicana. Para ello debía tener sus propios representantes políticos, organizar su propia milicia y -allí donde esté planteado- organizar su propio gobierno revolucionario. Nunca confiar más que en las propias fuerzas y en el proceso de la revolución burguesa crear las condiciones de su futura emancipación social. De esta manera, decía Marx: “nuestra tarea consiste en hacer permanente la revolución”. Para el proletariado “no se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clases sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva”.
A inicios del siglo XX, Trotsky en Resultados y Perspectivas planteaba la idea de que en su dinámica, las revoluciones modernas alcanzaron sus objetivos “mediante la unidad de la nación entera” contra el antiguo régimen feudal o bien mediante la “evolución acelerada de la lucha de clases dentro de esta nación en vías de emancipación”. Por las propias condiciones en las que le tocó intervenir al proletariado, 1848 no podía ser más que una revolución intermedia. Fue el momento en el desarrollo capitalista en el que ya no era posible para la burguesía acaudillar al conjunto de la nación porque ésta estaba desgarrada por su antagonismo de clase con el proletariado. Pero tampoco podía el proletariado imponer su propia dominación, pues aún no era la burguesía industrial, es decir el proletariado industrial, una clase totalmente desarrollada. En estos combates avanzados, la clase obrera forjó las ideas y los fines con los cuales se planteó asaltar los cielos -en forma esporádica- imponiendo su propio gobierno revolucionario en la Comuna de París en 1971.

Movimiento Obrero

La economía capitalista e industrializada del siglo XIX, organizada en torno a los principios del liberalismo, consagraba la existencia de dos clases sociales: la trabajadora, desprovista de los medios de producción y forzada a vender su fuerza de trabajo, y la burguesa, dueña de esos medios e inclinada a incrementar sus beneficios a costa de las condiciones salariales y laborales de la primera. Cada vez más se extendió la percepción de que el capitalismo consagraba unas injustas desigualdades que había que eliminar.

El movimiento obrero surgió de esas condiciones, pero alcanzó mayor o menor fuerza en función del grado de desarrollo industrial de los países. Los primeros movimientos de masas de carácter moderno se originaron en Inglaterra. Cristalizaron en episodios como la destrucción de máquinas (Ludismo) y la creación de las Trade Unions, primeras asociaciones de carácter sindical. El que el fenómono se produjese en Inglaterra y no en otro país se debió a su carácter de pionera de la industrialización. Más tarde, estructurados en torno a la ideología marxista, surgieron partidos de extracción obrera que jugaron un importante papel en la acción política y social.

viernes, 19 de diciembre de 2008


El proletariado

El término proletariado hace mención a la clase social constituída por proletarios. En la antigua Roma la componían los ciudadanos pobres que únicamente con su prole podían servir al Estado.
Más tarde designó a quienes carecían de bienes y se contabilizaban en las listas vecinales únicamente por su persona y prole (sus hijos o descendencia). El término proletario se identifica, pues, con la clase obrera.

Los miembros del proletariado en el siglo XIX poseían características comunes:
Se concentraban en las ciudades, donde estaban ubicadas las industrias, diferenciándose claramente de los trabajadores agrarios por su forma de vida e intereses.

Padecían duras condiciones de trabajo (larga jornada laboral, falta de higiene) e inseguridad (paro, carencia de seguros médicos, de desempleo o jubilación). Ello los empujó a adquirir conciencia de su situación y, más tarde, a la protesta y la reivindicación organizadas, pero también a la alienación y la desesperanza: algunos de ellos se se vieron sumidos en el alcoholismo, el juego o la delincuencia.
Al carecer de propiedades, se veían obligados a vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario.
Pero también tenían diferencias:
Unos pertenecían a la industria fabril (en alza frente a la artesanal) y, en este sentido, su número no dejó de crecer. Su escasa cualificación los hizo fácilmente intercambiables en las diversas faenas de la producción.

Otros trabajaban en el sector servicios (doméstico, vendedores ambulantes, etc.).
Abundaban los niños y la mujeres, peor considerados y remunerados que los adultos varones.

Persistíeron los viejos oficios artesanos, en retroceso con respecto a la industria moderna: zapateros, sastres, herreros, etc. A menudo eran los trabajadores con un mayor grado de especialización y formación, de sus filas surgieron las primeras protestas y reivindicaciones obreras.
En la escala inferior del proletariado, junto con niños y mujeres, hay que hacer mención a los inmigrantes, alienados por partida doble por su condición de trabajadores y forasteros o extranjeros (ej., irlandeses que se trasladaron a Inglaterra o USA).